
San Martín de Amacayacu
amazonas
Grimanesa es de las pocas mujeres de esta comunidad que sigue haciendo cerámica de la misma manera desde que era niña. En sus manos custodia el conocimiento y la sabiduría de muchas generaciones.
Ella moldea piezas con greda azul que recoge en los barrancos que se forman a orillas del Río Amacayacu cuando es época de verano y el río baja. Se dice que esta arcilla es desecho de la Boa, al igual que en la comunidad Cubeo, en Mitú. “El barro como es popó de la boa, tiene su propio dueño. Tiene su propio nombre y lenguaje” Al igual que en los Cubay, ella también la mezcla con la ceniza de la corteza de un árbol que llaman Apacharana (Joropenaku en Cubeo), o palo de cemento, que recoge monte adentro. Sus herramientas son preciosas. Con semillas de coquillo, wikungo, chapata, carana y totumo, pule y da forma a las vasijas que crea desde que era niña: tinajas, ollas, tazas, vasos, jarras, cayanas y budares, entre otros.

Cuando llegamos a su taller, Grimanesa estaba fritando un pescado y unas tajadas de plátano en una fogata que estaba alimentando con palos de Wakapurana. Cuando terminó de comer, muy rápidamente se sentó en el piso de madera que tiene dispuesta allí para trabajar, e invitó a Las Arrendajo a sentarse a su lado a observar y aprender. Agarró un poco de su arcilla, y nos repartió un poco a cada una, y formó un cilindro con ella mientras les explicaba en su lengua cómo debían hacerlo. Poco a poco fue enterrando su pulgar en la parte superior del cilindro, y continuó girando y presionando hasta volverlo un cuenco. Luego amasó y enrolló otro pedazo de arcilla y la adhirió a la boca de la figura que estaba armando para agrandarla. Con una de sus herramientas, una semilla de coquillo redonda pegada a una varita de madera delgada, fue puliendo la base interna de la vasija. Muy rápidamente había hecho un cuenco y lo estaba convirtiendo en jarra. Apoyó su dedo índice en la boca y jaló hacia ella, logrando un pico perfecto en la jarra. Enrolló otro chorizo delgado y armó con él la oreja. Luego pasó varios minutos puliéndola con la cuchara de totumo y un poco de agua. Y pacientemente pulió y pulió, mientras todas las demás la observábamos e intentábamos imitar sus gestos y maneras.





Verla compartir su conocimiento con sus colegas del Vergel, contarles historias en una lengua que no entendíamos, verla moldear paciente y sabiamente sus vasijas, y luego pulirlas con calma y mucha dedicación fue muy conmovedor. En un instante, se encontraron muchos mundos y se reunieron en torno a al gesto de agarrar un pedazo de la capa terrestre y modelarlo. La curiosidad de Las Arrendajo y la generosidad de Grimanesa encontraron un espacio para ser y compartirse.
Luego, después de terminar sus vasijas y sin pronunciar ni una sola palabra, Grimanesa agarró tres sartenes que tenía ya secos, que había hecho la semana anterior. Poco a poco, dispersó la brasa de la fogata en donde había cocinado su desayuno, y la distribuyó sobre el suelo. Sobre ella acomodó varias varas de la misma madera que había usado antes, que luego aprendimos que era una leña muy dura y muy buena para los dolores menstruales, y armó con ella, una estructura perfecta para recibir los tres tiestos que iba a quemar. Los acomodó sobre los leños boca abajo, y alrededor de ellos fue poniendo cada trozo de manera que los cubría perfectamente. De palo en palo, hizo un trapecio perfecto que rodeaba las piezas a los lados y luego por encima, en un orden impresionante que yo observaba y no podía creer. En cuestión de segundos, había armado un horno que poco a poco se iba a echar a quemar.

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Para proteger el techo de su casa cuando la llama empezó a crecer, cubrió la hoguera con una teja de zinc que tenía dispuesta para ello. Nos fuimos a almorzar mientras el horno ardía. Cuando volvimos, Grimanesa había retirado la teja de zinc y entre las brasas se veían las piezas rojas incandecentes que estaban naciendo en el fuego. Luego de esperar un poco a que bajara el calor, Grimanesa retiró con un palo uno de los sartenes de las brasas. Lo sacudió con una escoba hecha de palma de chambira y le batió un trapo para enfriarlo un poco. Cuando había bajado su temperatura, pero todavía caliente, le empezó a frotar Brea, una resina de un árbol con ese mismo nombre, por toda la superficie.
Esta resina por el calor del sartén se derrite y adhiere a los poros de la cerámica y funciona como un impermeabilizante. En su tradición, sin este elemento, las vasijas, tinajas, ollas y demás no son funcionales.

En menos de dos horas y en silencio, de una manera solemne y respetuosa, Grimanesa había logrado convertir esos tres sartenes crudos, en unos objetos útiles y muy hermosos. Su sabiduría ante el material y el fuego me dejó profundamente conmovida. La experiencia, confianza y la hermosa relación que tiene con su oficio se le sentía en cada gesto que nos compartía. Casi un mes después de visitarla, sigo inmensamente agradecida por haberla conocido y haber presenciado junto a las maravillosas compañeras de viaje, su legado.
















